¡Qué oso!

Churchill es un pueblo diminuto a orillas de la Bahía de Hudson. No es precisamente fotogénico, ni conoce el calor. Y tampoco ha oído hablar de las carreteras. La única forma de llegar, cuando las nevadas no se ponen caprichosas, es en un avión ridículamente caro o en un tren ridículamente tardado. Aun así, Churchill es el destino favorito en la provincia de Manitoba. Y eso se debe sólo a los cientos de osos polares y belugas que, cada verano, visitan la bahía como parte de su recorrido migratorio. Por lo demás, el pueblo es prescindible. Quizás, monótono y frío también. Pero peligroso no. Eso definitivamente no. Por eso, cuando hace un par de años nos sorprendieron con la noticia de una cárcel a tope, nos quedamos sin palabras.

Era un día de agosto de esos que no terminan nunca. Aunque el reloj marcaba las diez de la noche, el sol estaba entercado con quedarse. Dos nuevas amigas y yo, cansados de recorrer las seis cuadras y media de la calle principal, decidimos salir a caminar. ¡Qué ilusos! No nos habíamos alejado siquiera un kilómetro del pueblo cuando un local, con una voz agitada, empezó a gritar: ¿adónde van, están locos? Es peligroso que salgan solos, ¿qué no escucharon que la cárcel está llena? ¿Cárcel?, pensamos, pero de qué está hablando este hombre si el pueblo tiene 800 habitantes y el único crimen que se comete es vender un kilo de jitomates en cinco dólares. Convencidos de que se trataba de una mala broma, volvimos al hotel.

Cuando le contamos la historia a la recepcionista se puso del color de las belugas. ¿Cómo no los vi salir?, dijo. Y luego agregó aliviada: ¡qué suerte que ese hombre los detuvo! Unos minutos después, descubrimos que la cárcel no es una broma. Es el apodo con el que los locales llaman al refugio de hibernación donde, los osos polares que insisten con visitar el pueblo sin invitación, pasan unos días de vacaciones en modalidad todo incluido. Unos tienen que preocuparse por tráfico o inseguridad y otros, como los habitantes de Churchill, por los osos polares desinhibidos. En los siguientes días, además de visitar la cárcel, tuvimos la suerte de ver la tríada perfecta de la tundra: osos polares, belugas y auroras boreales. Eso sí, nada de caminatas.

Feliz Viaje y Viaja Feliz #LaAmistadEsUnViaje

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Acerca del autor.

Marck Gutt

Es fotógrafo, cronista y vegetariano de esos que aman el pan y a menudo recibe comentarios del tipo “ni tienes cuerpo de vegetariano”. También es un viajero sin llenadera. Cuando sea grande quiere ser políglota y vivir en una montaña entre osos y marmotas. Mientras, colabora en revistas como Esquire, Glamour, Hotbook y National Geographic Traveler. Y va por el mundo hablando con extraños aunque sus papás siempre le dijeron que hiciera lo contrario.

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