Nada se pierde. Todo se transforma.

Ahí, frente a Lake Louise, a mil 730 metros sobre el nivel del mar había que preguntarse a cada minuto si el paisaje era onírico o real.

La belleza de un lago con matices en azul esmeralda, rodeado por los dos glaciares y por picos nevados que parecen rasgar el cielo, convierte a todos los visitantes en fotógrafos profesionales.

No hay cámara que se resista a este sitio enclavado en el corazón del Parque Nacional de Banff. Y mucho menos la de ella, que decidió hacer de la fotografía su gran pasión.

Viajamos juntas a la provincia de Alberta, hace 9 años, cuando teníamos la edad suficiente para pensar que no necesitábamos nada más en la vida que la compañía de tu mejor amiga y un viaje sin planes establecidos. Esos eran los tiempos en los que pensábamos que los lazos de amistad jamás se destruyen. Era una edad en la que teníamos tanta fe la una en la otra que imaginarnos separadas no era más que un sinsentido.

La sensación de que esos escenarios tenían que ser lo más parecido al paraíso se reforzaba con el sonido del viento, ese aire fresco de las Rocallosas que se colaba por todos los poros, y el panorama que también se admiraba reflejado en el lago.

Esa postal natural que a simple vista parecía impenetrable, no estaba ahí sólo para ser admirado: la recorrimos a través de varias rutas que llevan, tanto por las cercanías del lago como por las regiones que conducen a la cima de la montaña Fairview.

No podíamos imaginar toda esa nieve derretida, ese lago sobre el que patinábamos ahora se convertiría en un par de semanas en el sitio donde otro grupo de amigos se daría chapuzones bajo el Sol.

Navegar y montar a caballo serán las prácticas más populares en unos días, mientras nosotras estábamos ahí por la nieve.

Los 18 millones de metros cuadrados de áreas para esquiar que hay en la región llevan por valles de nieve intacta, en los que se abren veredas ideales para principiantes, o rutas extremas en las que los expertos se dedican a romper sus propios límites.

El esquí, el trineo tirado por perros y el patinaje sobre hielo, a través de los 500 metros de ancho del lago fueron llenando las horas de nuestros días invernales.

Imaginarnos ese mismo paisaje pintado de otro color que no fuera blanco inmaculado era un juego recurrente. Regresar sola unos años después al mismo lugar fue la materialización de una metáfora. Jamás me había quedado tan claro el cambio constante que supone la vida. La eterna transformación que viene con las estaciones, con los años, con los caminos que se bifurcan. La certeza de entender aquella frase que reza “nada se pierde, todo se transforma”.

Aquel viaje de invierno fue el penúltimo que hice con quien fue mi mejor amiga durante años. Luego, la vida vino a recordarme que todo está en continua transformación. Mi amiga y yo nos dejamos de hablar por razones que nunca entendí. Pero mi recuerdo favorito de esa amistad sigue siendo la imagen de las dos, con una taza de chocolate caliente en la mano, asomándonos por cualquier ventana del Fairmont Château Lake Louise. Mirábamos en silencio al lago revelándose con todo su esplendor, y con un poco de suerte alcanzábamos a ver, de vez en cuando, renos y venados que también disfrutaban del paisaje.

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Acerca del autor.

Cecilia Nuñez www.foodandtravel.mx

Cecilia Núñez estudió periodismo y se especializó en su pasión: los viajes, que han sido parte de su vida desde los 15 años, cuando trabajaba como consejera en campamentos y tours por Europa y Canadá. A lo largo de 12 años haciendo periodismo de viajes, con una inclinación casi obsesiva por la comida, ha buscado historias alrededor del mundo para compartirlas en forma de crónicas en revistas y periódicos en México y otras latitudes.

Desde hace 3 años y medio dirige Food and Travel México y es muy feliz inspirando a comerse al mundo a través de este proyecto.

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