La danza de la luz.

26 grados bajo cero. Oscuridad absoluta. El silencio se interrumpe por el soplar del viento, el crujir de la madera en la fogata y los pasos en la nieve de Torsten y de Enrique, mis compañeros de viaje.

Llevamos varios días al acecho de las auroras boreales. El capricho de un denso cielo nublado nos ha enseñado que el juego de la espera puede ser la única anécdota con la que volvamos a casa.

Y esta, nuestra última noche en Yukón no promete que nuestra suerte cambie.

Manejamos 40 minutos más, al norte de Whitehorse, la capital, con la esperanza de que el cielo en otras latitudes se nos revele más claro. No hay expectativas. Tampoco la sospecha de que esta noche el lazo que me une con quienes comparto esta aventura se convertirá en uno de mis recuerdos de viaje favoritos.

Con más resignación que emoción pasamos las horas en silencio despidiéndonos de la promesa de alzar la mirada y ser, a simple vista, espectadores de luces multicolores que ofrecen una coreografía ancestral en la bóveda celeste.

Aunque Torsten, originario de Yukón, sabe que no puede pedirle a la naturaleza que sea un poquito más generosa con sus amigos mexicanos que vienen desde tierras cálidas a ver la danza de luces, nos dice, en broma, que hay un plan de acción: “ridículo, pero según el mito, efectivo”.

Los antiguos pobladores de Yukón pensaban que aquel brillo celeste eran las almas de los niños que murieron, y que de vez en cuando salían a jugar entre las nubes.

“La leyenda cuenta que cuando alguien canta al cielo, las auroras aparecen”, nos dice Torsten, retándonos a entonar una canción con nuestras voces desentonadas. Enrique sonríe, como quien hace mucho dejó de creer en cuentos de hadas, y vuelve a acercar el cuerpo de la cámara al fuego, que después de tanto tiempo sobre el tripie se comienza a congelar.

Yo decido dejar de castañear los dientes, enfrentar a esos 26 grados bajo cero y alejarme de la fogata para cantar una canción al cielo, sin que nadie me escuche. Aún creo en los cuentos de hadas, así es que trato de olvidar lo que me dijeron los ancianos en las noches anteriores: “quien hace ruido en las madrugadas de auroras boreales corre el peligro de ser absorbido por las luces”.

A las 12:07 una estrella fugaz anuncia que las almas de los niños comienzan a jugar. Intensos destellos de luz verde resplandecen ante nuestros ojos y la danza comienza entre resplandores morados y rosas.

Torsten y Enrique se acercan. Uno suelta, en voz muy baja una frase poética de la que solo escucho “esto es un sueño luminoso”, y el otro abre el obturador de su cámara durante 30 segundos y hace click dos veces por minuto. Yo dejo que una lagrimita se congele tan pronto se libera de mis pupilas.

Los tres estamos conmovidos y aunque sabemos que cada quien por su camino será testigos de muchas más vivencias hermosas en la vida, sin decirnos una palabra, guardamos este momento, y nuestra compañía, como un recuerdo indeleble.

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Acerca del autor.

Cecilia Nuñez www.foodandtravel.mx

Cecilia Núñez estudió periodismo y se especializó en su pasión: los viajes, que han sido parte de su vida desde los 15 años, cuando trabajaba como en campamentos y tours por Europa y Canadá. A lo largo de 12 años haciendo periodismo de viajes, con una inclinación casi obsesiva por la comida, ha buscado historias alrededor del mundo para compartirlas en forma de crónicas en revistas y periódicos en México y otras latitudes.

Desde hace 3 años y medio dirige Food and Travel México y es muy feliz inspirando a comerse al mundo a través de este proyecto.

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